martes, 28 de mayo de 2013

Las primeras 48 horas o Los tejedores de la revolución

Ernesto Benado

En la reunión me senté  al lado de un compañero de unos 60 años  que me saludó muy afectuosamente  Le pregunté quién era y me dijo soy el ex Presidente del Sindicato Yarur.-Yo me recuerdo de UD.-

En realidad no me acordaba para nada de él. Mi pasada por la fábrica en 1971 fue muy fugaz. Me preguntó: ¿UD sabe que se publicó un libro sobre la toma de la fábrica Yarur y sobre su administración por el gobierno de Allende? Le dije que no lo sabía.

-Fíjese que era un gringuito que andaba por la fábrica haciendo entrevistas, a veces incluso las grababa. Algunos tenían desconfianza de él. Pero ahora resulta que ha escrito un libro en que nos nombra a muchos de nosotros “El autor es Peter Winn, el libro está editado en LOM y se llama “Tejedores de la Revolución “.

Lo compré y he estado dos semanas  enfrascado en su lectura. Primero pensé escribir un  corto comentario sobre el libro, pues hay datos originales sobre los primeros meses del gobierno de la Unidad Popular.

Al terminar la lectura pude apreciar que Peter Winn llegó a la fábrica en 1972  y que mi corta presencia en la fábrica, durante las primeras 48 horas de requisada por el gobierno en Abril de 1971, no figuraba para nada. No era una omisión deliberada  El proceso que se vivió dentro de la fábrica en el año 1972 fue tan apasionante que  esos primeros días no le llamaron la atención  y tal vez casi nadie se acordaba de ellos.

¿Fueron realmente importantes esos  dos primeros  días?

Quisiera creer que aunque sólo sea para dejar constancia de ellos, vale la pena hacer el relato, aunque ahora a  casi cuarenta años sólo recuerdo lo principal de  mi cortísima intervención.

Renuncié a mi cargo  de gerente de la empresa metalúrgica en la que había trabajado durante 20 años y me incorporé a la CORFO, en Enero de 1971.

Por ser ingeniero civil mecánico, me destinaron a un Comité para el Desarrollo de la Industria Pesada. Lo primero que tuve que hacer fue evaluar la propuesta de una planta de cemento para Antofagasta y decidir junto con Vicente Sotta, el presidente de su directorio, la oferta más conveniente. Elegimos la tecnología danesa  y la fábrica llegó, se  montó y  funciona hasta el presente. (INACESA aún ahora en 2013 funciona normalmente).

Debo insistir con esto en que mi experiencia en el ramo textil era muy primaria.
Una vez a la semana, tenía autorización  para hacer clases en la Escuela de Ingeniería Industrial de la Universidad Técnica del Estado.

Hacía clases de Turbo máquinas al último año de ingeniería y todos los Jueves iba a las 9,30 a  hacer dos horas que con un recreo, me permitían volver a CORFO en el centro de Santiago, a las 12,30 y almorzar con los compañeros en el comedor colectivo del edificio de CORFO Central. Cuento estos detalles, porque servirán para ubicar mejor los acontecimientos y el por qué se produjeron.

Mientras hacía clases en la mañana de un día jueves 28 de Abril, se presentó  un funcionario de la recepción de la Escuela para decirme que tenía un llamado urgente de la CORFO y que me dirigiera a la recepción para comunicarme. Dejé a los estudiantes por unos minutos sin saber qué es lo que pasaba. No había teléfonos inalámbricos, así que había que usar el  teléfono fijo de la recepción que estaba en  otro edificio. Me estaba llamando Jorge Chávez, el Gerente de Industrias de la CORFO y mi superior inmediato.

Me dijo muy brevemente: Hoy tenemos que requisar e intervenir la Industria textil Yarur. Andrés Van Lanken, el interventor designado en el decreto está en Punta Arenas haciéndose cargo de Lanera, otra industria textil. Lo reemplaza legalmente Pedro Holz  y  debiera hacerse cargo, pero me ha llamado porque su padre falleció y no puede ir a la empresa ni hoy, ni mañana, hasta el Lunes. Te pido que vayas a Yarur y te hagas cargo de la intervención. Di que vienes de  la CORFO y que reemplazarás al interventor designado hasta que pueda enterrar a su padre. Pedro Holz, también ingeniero, era un funcionario de carrera en CORFO.

Pregunté: ¿no hay nadie más que pueda hacerse cargo?
Chávez me dijo que era una emergencia y  que él creía que yo tenía experiencia para resolver lo que se viniera encima. Con ese halago, no tuve argumentos para  hacerme a un lado.
Me despedí, partí a la carrera a darles una explicación a los estudiantes y me fui en mi coche, preguntándome donde quedaba la famosa industria Yarur, la más grande del país, con algo más de 2.000 trabajadores y que yo conocía sólo por referencias.

Lo que yo sabía era que había que ir a la vieja Penitenciaría (el Penal de Santiago) y seguir derecho hacia el poniente, así que confiando en mi olfato crucé parte de Santiago hasta llegar al enorme edificio gris, de varias manzanas que tenía un monumento con el fundador de la empresa, Juan Yarur, en la puerta de la entrada  apenas cruzando la reja que protegía la propiedad.

Había mucha gente agolpada en la calle  fuera de la empresa, y estaban oyendo una cuenta. Me bajé del auto y me acerqué desde atrás  para escuchar. Un dirigente daba detalles del decreto y de las razones de la requisición, pero nadie se preguntaba porque no estaba presente el interventor, que vendría a reemplazar a las hasta entonces  autoridades  privadas de la fábrica.

Escuché unos diez o quince minutos  mientras la gente hacía preguntas y expresaban su preocupación sobre  cómo se pondría en marcha la planta, que estaba tomada  por los trabajadores desde hacía ya una semana.

Debo aclarar que yo no tenía ningún conocimiento de lo que había ocurrido en esa fábrica  en los 6 meses  del gobierno de la UP.  Pues lo textil estaba muy lejos de mis preocupaciones, lo único que sabía era que existía un conflicto y que el Gobierno sólo en las últimas horas  se había decidido a requisar, usando un antiguo decreto ley que permitía hacerse cargo de empresas privadas si existía peligro de desabastecimiento.

En un momento de silencio entre los trabajadores, alguien preguntó: ¿y donde está el interventor?

Avancé entre la multitud y cuando estuve cerca de quien presidía, dije –Vengo de la CORFO y voy a hacerme cargo de la intervención-

Me miraron con asombro, sorpresa y tal vez tranquilidad. Ya no estaban abandonados por el gobierno, su gobierno, que había aceptado a regañadientes hacer la intervención de la empresa, contra todas las influencias y presiones de la poderosa familia Yarur.

Yo tenía ya 43 años, no les debo haber dado la impresión de ser un novato y aunque ellos no lo sabían, era el único funcionario de CORFO que tenía experiencia empresarial y que podría, dado el caso, tomar decisiones, sin  tener que estar llamando  a jefes o ministros. Efectivamente, en las próximas 48 horas, sólo tuve que llamar a un funcionario ajeno, y no para consultarlo, sino para obtener la elevada suma de dinero necesaria para pagar las remuneraciones.

Caminé hasta colocarme  al lado del Presidente, a quien yo no conocía  y dándome vuelta para mirar directamente la reunión. Les dije:

“Tenemos que echar a andar la planta.” “Llévenme hasta la oficina del Gerente General, pues desde ahí vamos a operar”.

Hubo una sensación de alivio de la gente y  caminamos para entrar a la planta por su puerta principal. Me condujeron a una amplia oficina, que era desde donde su Gerente y co dueño, Amador Yarur, mandaba toda la planta. Nadie me pidió identificarme y tampoco puso en duda mi mandato. Se vivía un hecho extraordinario y las circunstancias exigían cierto grado de fe en los seres humanos. Así lo pensé yo.

Me encaminaron  a través de un  pasillo hacia una amplia oficina en la cual había un gran escritorio parcialmente despejado, algunos sillones y un pequeño estante cerrado. Me senté en el sillón del centro y pedí que sólo se quedaran los presidentes de los dos sindicatos principales. Se retiró el resto de la gente, un poco lentamente pues no estaban acostumbrados a que se los marginara en esos instantes de las decisiones de las que iba a depender su vida laboral.

Ya con los dos presidentes, les dije que me quedaría sólo 48 horas, hasta que uno de los interventores definitivos se hiciera cargo.

Les pregunté cuántas salidas  tenía la fábrica por las que se pudiera sacar materia prima, mercadería o piezas  grandes. Me informaron que había una sola  salida que estaba controlada por un portero, y que ese trabajador no era de su confianza  Les pedí de inmediato que me propusieran una compañera dirigente de sindicato de absoluta lealtad para controlar la portería. Sin gran vacilación me nombraron a una compañera  y les pedí que la fueran a buscar. Llegó una trabajadora relativamente joven  a quien le dije:
Estimada compañera, necesitamos impedir que empiecen a robarnos en esta planta que ahora es del estado y de todos Uds. vaya  con dos compañeros  a la portería y no dejen salir ningún vehículo  ni persona con bultos o paquetes sin que lleve una guía de salida  con mi firma. Si pasa cualquiera  cosa rara o violación a la norma Ud. me llama a mí por el citófono o a los compañeros presidentes  para impedirlo. La compañera me miró sonriendo, y me dijo, “a la orden “y se fue.

Les plantee el problema de echar a andar la fábrica que estaba paralizada  ya durante una semana. Me dijeron que contaban con la cooperación del Jefe de Mantenimiento, un antiguo funcionario  que se había plegado al movimiento. Yo no lo conocía  ni de nombre. Resultó ser más o menos de mi edad y además se veía que era mecánico pues llegó con una  capa  azul. Como hay una fraternidad entre los mecánicos, me cayó bien y le pregunté: ¿Se puede echar a andar la planta?
Me dijo  “Hay corriente eléctrica y si la conectamos podemos hacer partir  la sección de telares.”
¿Hay materia prima? Sí, tenemos para varios días en la fábrica y hay un depósito en Cerrillos donde está la mayor parte del algodón. Esa bodega no fue tomada y está expuesta a que saquen materia prima y también a que se incendie.

Les pedí a los Presidentes que mandaran de inmediato a algunos trabajadores a hacerse cargo  de esa bodega y que yo iría más tarde a  revisar la situación.

El jefe mecánico me explicó que la parte  de tintorería y  los procesos  químicos eran más difíciles de echar a andar, pero que podría hacerlo sección por sección, si yo lo autorizaba. Le dije que procediera de inmediato a conectar la electricidad  y  que el personal tomara sus puestos de trabajo.

A las 11 AM, pude oír el ruido de las máquinas andando y el lejano aplauso de los trabajadores Fue un momento emocionante para mí y creo que para todos.

Me preocupé  entonces de la parte financiera. Me explicaron que con el decreto se había dado aviso a los bancos y todas las cuentas estaban congeladas y que sólo se podría empezar a girar  cuando los interventores pudieran legalizar sus firmas. O sea  nadie podía tocar los fondos.

Les expliqué que tendríamos problemas para pagar los sueldos y salarios ya que estábamos a fin de  semana y del mes. Pregunté si había alguien de confianza que estuviera al tanto de las planillas de remuneraciones. Me explicaron que precisamente se trataba de uno de los compañeros más entusiastas del movimiento de la toma, que trabajaba con un sistema mecanizado con tarjetas. (no existía  a nivel de la empresa sistema de computación) así que lo llamaron y  me lo presentaron . Resultó ser una persona joven y sonriente quien me dijo que si trabajaba con su equipo esa noche para el viernes podía tener un detalle de los pagos y me dijo una cantidad aproximada  del dinero  que íbamos a necesitar.

Le dije que se pusiera a trabajar y  que yo me  preocuparía de conseguir el dinero ¿De adónde? No lo sabía pero en momentos extraordinarios supuse que en esa primera intervención y estatización de una planta  algún funcionario de gobierno nos respondería. En realidad se convirtió en una norma durante todo el gobierno popular que jamás, pasara lo que pasara, se podría dejar a los trabajadores sin sus remuneraciones.

Por la puerta lateral  que yo aún no había advertido ingresó un joven de pelo rojo, el compañero Sánchez, que se presentó como militante del Mapú y que había sido designado como co interventor.
O algo así, pues en el Ministerio de Economía, al designar a los interventores se habían preocupado del cuoteo político. Como los dos interventores, Holz y Van Lanken eran socialistas, entonces se tenía que nombrar  representantes de los otros partidos de la Unidad Popular para compartir responsabilidades. Lo saludé y le pregunté  de qué parte de la operación quería hacerse cargo. Me dijo que de la comercialización. Acepté y le conté lo resuelto con la portería. Además le pedí que implementara el sistema de guías y que éstas debieran ser firmadas por él y por uno de los interventores hasta que se decidiera otra cosa.

Regresó a su oficina que  quedaba colindante con la que estaba ocupando yo.

Les pedí a los presidentes  sindicales que seguían presentes atendiendo a todo lo resuelto, que me volvieran a designar una compañera de confianza, ojala con experiencia  secretarial, pues íbamos a implementar un sistema de comunicaciones, para que  se legalizara internamente un sistema de mando que reemplazara a la antigua gerencia ¿por qué propuse compañeras mujeres para esas dos primeras funciones de la intervención? Seguramente que mi instinto me señaló  que las mujeres plegadas al movimiento eran más seguras en su lealtad a la requisición

Hasta donde recuerdo esa iniciativa se me ocurrió a la carrera tal vez por haber leído en alguno de los libros o novelas soviéticas de cómo se implementaron allá y entonces las nuevas cadenas de mando. La experiencia soviética era en esa época nuestra fuente de referencia y el libro  de Preobrajensky “La nueva económica” el libro de cabecera.

Cuando llegó la compañera, le expliqué que iba a estar a cargo de un libro de órdenes, un libro cualquiera de contabilidad o simplemente  de borrador, con páginas foliadas y numeradas. Que toda orden que diera un interventor, debía ser escrita y firmada, indicando a quien iba dirigida. Que ella sería la depositaria del libro y  que ninguna orden se llevaría a efecto sin estar registrada.

Al poco rato me trajo el libro y en su primera página escribí.

“La compañera N: N. es  la responsable de este libro y toda orden de un interventor debe ser escrita en el libro anotando su detalle y a quien va dirigida. El que reciba la orden debe anotar con su firma la recepción conforme y la hora en que se notificó”
Ella fue entonces la primera en firmar y anotó la hora y el día, 12 PM del 28 de Abril de 1971.

Era tal la seriedad con que los trabajadores de la planta tomaban lo que se estaba haciendo y los procedimientos que se estaban adoptando que varios meses después  cuando comenté  con Holz y Van Lanken la historia del libro, me dijeron, “Ese famoso libro, todavía tenemos que usarlo y respetar el procedimiento, dicen que tú lo dispusiste”. Ese primer día del cual aún quedaban grandes novedades, fue uno de los pocos días en que me quedé sin almuerzo. Llamé por teléfono a la CORFO y le informé al jefe Chávez que la planta estaba andando y que teníamos que resolver el problema de los pagos del día siguiente.

Avanzaba la tarde y se me ocurrió que habíamos dejado pendiente algo importante   tal vez histórico,  para  dejar a salvo mi responsabilidad en mi actuar en las horas previas. Efectivamente el gran escritorio no estaba totalmente despejado. Había adornos, alguna fotografía familiar y útiles de escritorio, que podían parecer finos. Además estaba el estante lateral que no habíamos abierto y los cajones del gran escritorio que no habíamos ni siquiera revisado.

Creí necesario llamar a los dos presidentes de los sindicatos, el obrero y el industrial  y les solicité que estuviera presente la compañera portadora del libro de órdenes, quien ya estaba bastante ocupada.

Les pedí que abriéramos los cajones  y el estante. Las llaves aparecieron en manos de un portero que hacía de mayordomo del Sr. Amador Yarur. Tal como esperábamos del estante aparecieron varias botellas de licores importados, vasos, una hielera y elementos para preparar  cócteles. De los cajones salieron  algunos libros personales, fotografías  y alguna carta manuscrita. No había libretos de cheques, ni dinero, ni joyas de ninguna especie.

Pusimos todo sobre la mesa y procedimos a hacer un inventario. Todo lo que podía considerarse efectos personales, incluidos los licores, fueron devueltos al estante que se volvió a cerrar con llave. En el libro de órdenes escribí:

“Se ha hecho un inventario de todo los efectos del Sr Yarur encontrados en su oficina. Se han depositado en el estante con llave de su oficina  en el cual se ha incluido el inventario firmado por este interventor y por los presidentes de ambos sindicatos. Nadie puede disponer de esos objetos mientras dure la intervención de esta empresa.” Firmé debajo de esa orden y  creo que se cumplió  rigurosamente.

A eso de las 19 hrs. se decidió  que debía darse por terminada la jornada laboral y que sólo quedaría durante la noche la gente de vigilancia y el equipo de mantenimiento que debía preocuparse que todo estuviera a punto para la mañana siguiente.

Me despedí de la gente  cercana a la oficina y salí caminando por el portón  de entrada de camiones, donde vi que todavía estaba de pie la compañera encargada del control de la salida de mercadería. La saludé y me dijo que durante la noche iba a reemplazarla alguien de confianza.

Antes de irme a mi casa, decidí pasar por el departamento de Pedro Holz  para darle el pésame e informarle de lo que se había hecho. Lo encontré arreglando los libros y cosas personales de su padre que vivía  muy cerca de él, creo en el mismo edificio.

A la mañana siguiente llegué a la fábrica a las 7,30 para  ver si  todo estaba a punto de la puesta en marcha, ahora con la planta completa incluyendo hilandería y tintorería.  Al entrar  me encontré con  una situación diferente. En la entrada no estaban los trabajadores del día anterior sino una cola de “clientes” que venían a comprar mercadería. Como no me conocían ni de vista, entré a la oficina pasé a ver al compañero Sánchez, que estaba a cargo de comercialización.

Conversamos brevemente, pues efectivamente había que empezar a vender ya que el pretexto para la requisición era “desabastecimiento”.

Nos pusimos de acuerdo para hacer un listado de lo que los compradores  solicitaban adquirir  y pedirles que tuvieran paciencia pues había que hacer un inventario de la existencia en bodega  y de las órdenes de fabricación que estaban pendientes. Se empezó entonces a hacer un listado con nombre en la fila a la entrada de los que pedían  comprar  y entré a mi oficina. Hasta ese momento no había habido ningún contacto con las autoridades del Ministerio de Economía, ni yo me había preocupado por informarlos. Supuse que mi jefe Chávez se encargaría de eso.

Al entrar a la oficina  me estaba esperando una persona de mediana edad  a quien  Sánchez había permitido llegar  y entrar. Lo saludé y le pregunté quién era. Me dio su nombre y apellido. Se presentó como un comprador habitual de Yarur, y simpatizante del gobierno y me agregó textualmente:

“Yo no quiero que a Uds. los engañen. Todos los compradores de mercaderías en Yarur éramos facturados al precio oficial, pero teníamos que pasar a la oficina de don Amador para entregarle una cantidad igual en billetes. Sin eso, no le ponía un visto bueno a la guía de salida. Afuera de la fábrica los productos se venden al doble, así que si Uds. los entregan al precio oficial estarán regalándoles a los intermediarios los productos, algunos de primera necesidad como los tocuyos para sábanas que son los más solicitados.

Sin vacilar le dije: ¿-Trajo el dinero en efectivo para su compra? –
Me dijo que sí.
Bueno entréguele ese dinero al compañero Sánchez el que le va a facturar al precio oficial y le pondrá el visto bueno  a la guía de salida. Y le dije a Sánchez:
Avísale a los de la cola que todo sigue igual como era con la vieja administración.

Y le agregué:- Abre un libro de caja especial, al cual irás anotando los ingresos por  dinero de cooperación con la fábrica.-Cuando podamos abriremos una cuenta bancaria aparte e iremos ingresando lo recaudado.-

No me preocupé más por esa diferencia de precio y supongo que la mayor parte de los clientes  siguieron pagando el dinero negro de don Amador.

Tal vez cuando los interventores definitivos se hicieron cargo consiguieron igualar el precio  oficial con el de mercado, pero tal vez no lo hicieron de inmediato y se acumuló el dinero en “cuenta de cooperación” durante algunas semanas o meses.

Ese día Viernes se pagaron las remuneraciones sin dificultad, pues el Ministerio de Economía  logró que el Banco del Estado  autorizara un crédito por un par de días hasta normalizar las cuentas corrientes oficiales.

Los compañeros de remuneraciones fueron en una camioneta de la empresa a buscar el dinero, y al regresar me pasaron a avisar que todo estaba conforme. A las 18 hrs. me retiré a mi casa y le conté a mi esposa gran parte de lo ocurrido.

Aunque mi misión estaba concluida me hice el compromiso de volver el sábado temprano a dar una vuelta. Lo hice y encontré la fábrica sin los ruidos de las máquinas pero con un piquete  de vigilancia en la entrada principal y en el portón de vehículos.

Seguí viaje a la gran bodega de  Cerrillos y con el coche recorrí su contorno. Noté que estaba también vigilada.
El lunes volví a trabajar en CORFO e hice un informe verbal al Gerente de Industrias.

Regresé a los temas “metalúrgicos” a los cuales me dediqué durante los dos años siguientes. Consideré que la misión  se había cumplido y no volví más a la planta Yarur, ni antes ni después del Golpe.

Los problemas y acontecimientos en el sector metalmecánica y siderúrgico eran de tal magnitud que no quedaba tiempo para  comentar lo de los otros sectores. A veces apenas conseguíamos encontrarnos y saludarnos en los pasillos de CORFO con Pedro y Andrés que eran los encargados del sector textil.

Hasta aquí  lo sucedido en las primeras 48 horas tan decisivas. Sólo deseo agregar que cada vez que me encuentro con alguien que trabajó en Yarur en esos días me reconoce y me saluda con afecto, a pesar de los años transcurridos.

Nota del autor: El original de este relato lo escribí el 27 de Febrero del 2009.-
El texto actual lo revisé especialmente y eliminé otros detalles que perdieron actualidad.
EBR

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