Mostrando entradas con la etiqueta BUS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta BUS. Mostrar todas las entradas

domingo, 14 de julio de 2013

Es evidente que los días de antaño tenían más de 24 horas.

Vida y Partido
Luis Jerez Ramírez

Desde mi niñez, tuve al Partido Socialista metido en mi casa. Mi padre, que presumía de contarse entre los fundadores, poseía una fabulosa colección de fotografias de los tiempos combativos del Frente Popular y más particularmente, de los años tiempos del socialismo chileno. No sé cómo se las arreglaba para aparecer en ellas. Era un atochamiento imponente que sustituía el papel mural. Las imágenes se disputaban cada espacio de las murallas de su escritorio. Agoté buena parte de mi infancia en medio de esa exudación fotográfica. Recuerdo que un día llegó al hogar con un a gigantografia de Óscar Schnake, el Primer Secretario General del Socialismo chileno. La había salvado del desguace a que la había condenado algún adversario del líder. Esa inmensa foto, que apretujó las más pequeñas, estuvo ahí por años, mortificando los tiempos de mi primera edad.

Miradas en perspectiva, las fotografías no eran materia inerte. Acreditaban historia reciente, a la vez que testimoniaban un patrimonio de ideas, emociones y  aspiraciones. Era una galería de hombres y mujeres con extraños uniformes, de rostros desafiantes, con el puño apuntando al cielo. La gráfica mostraba a Grove, Schnake, Salvador Allende, Eugenio Matte, Rolando Merino, Carlos Alberto Martínez, abuelo de Gutemberg, encabezando los escalones ordenados de las milicias socialistas, las "camisas de acero". Bandas de guerra, himnos callados, gorros milicianos de aquéllos que usaban las brigadas internacionales en la Guerra Civil Española, gruesos correajes de suela que atravesaban el pecho y afirmaban los pantalones. La hebilla del cinturón era una formidable arma de combate, capaz de romper cabezas y maltratar huesos.

Mirando esas fotos, me familiaricé con personajes admirables y con otros que fueron deshaciendo convicciones en el camino. Las imágenes inmovilizadas por la lente, fueron tomando cuerpo entre la niñez y la adolescencia. Algunos transitaron por mi casa sin que les dispensara el más mínimo interés. A otros los identifiqué más tarde en desfiles, ampliados o simplemente en la mirada fugaz de los periódicos. Eran los primeros escuadrones del socialismo chileno, los que le dieron vida: Schnake, el de la gigantografia, Marmaduque y Hugo Grove, Salvador Allende, Eugenio Matte, Ricardo Latcham, Arturo Bianchi, Luciano Kulcewsky, Carlos Charlín, Eugenio González, Federico Klein, Oscar Parrau, Augusto Pinto, Juan DíazMartinez, Enrique Mozo Merino, Manuel Mandujano,Eleodoro Domínguez, Astolfo Tapia Moore, Manuel Eduardo Hubner. Estaban los contingentes que habían emigrado del Partido Comunista tras los procesos de Moscú: Manuel Hidalgo, Cesar Godoy Urrutia, Natalio Berman, Pablo López y Ramón Sepúlveda Leal. Esa exposición permanente que instaló mi padre, incluía figuras que animaron el Frente Popular como Juan Baustista Rosetti, Pedro León Ugalde, Arturo Olavarría, Justiniano Sotomayor, Carlos Contreras Labarca. Son los que, con algún esfuerzo extra vienen, con dificultad a la memoria. La mayoría de ellos es historia muerta para los contingentes que hoy están haciendo la historia viva.

Una imagen de aquel tapiz blanquinegro ideado por mi progenitor se grabó con fuerza en mi memoria. Era la de un hombre que arengaba a un auditorio invisible. Un rosto curtido, que parecía tallado en piedra, y una mano vigorosa, dura, a punto de ser lanzada al espacio. Era el rostro de Pablo López, un autodidacta, obrero de la construcción, tal vez el más brillante de los líderes obreros de los años fundacionales. De su vida supe más tarde, mucho después de su prematura muerte. A principio de los '40, fue asesinado por un grupo de milicianos socialistas en la antesala de la primera división del partido. Escuché por primera vez su nombre cuando mi padre, abatido, informó a su mujer del crimen estúpido.

Mi madre, que rumiaba en silencio su escasa simpatía por el socialismo, me llevaba devotamente a ver desfilar a su marido. Tomado de su mano, me gasté algunos años y no me queda el recuerdo de que me haya sentido impresionado por esas expresiones paramilitares. Mientras, doña Luisa nunca abandonó su escasa devoción por las ideas de su marido. Cuando, adolescente, hacía mis primeras incursiones, me decía: "No se meta en política, hijo". Mucho más tarde, cuando los hechos estaban consumados, solía insistir: "¿Por qué no se hizo democratacristiano? Se ven tan caballeritos".

Algunos acontecimientos se instalaron en el recuerdo porfiado, con extraña nitidez: la elección de Pedro Aguirre Cerda, la multitudinaria celebración a la cual fuimos arrastrados por el inagotable entusiasmo patemo y la muerte del mandatario, tres años más tarde. Me impresionó, tanto como podía impresionar a un niño, ese cariño silencioso, implícito en el homenaje que se rendía a aquel hombre diminuto, de tez oscura, cuyo rostro se me había hecho familiar en las aglomeraciones gráficas de mi padre, y que había abierto camino a las aspiraciones y esperanzas de los postergados. Por primera vez, tomé contacto con  el dolor de las muchedumbres, que siempre me pareció duro y callado, de lágrima contenida.

Otro tumulto multitudinario que quedó en la memoria para ser rescatado en los años del crepúsculo, fue el apoteósico recibimiento que los partidos del Frente Popular le dispensaron a Indalecio Prieto, una de las figuras más notables de España republicana quien llegaba como Embajador extraordinario a la ceremonia de transmisión del mando, en diciembre de 1938. Instalado con mi madre en el balcón de una casa de calle Exposición con Alameda, donde nos había dejado mi padre, vi pasar los autos de la comitiva, en medio de un gentío inmenso que aclamaba a la República y el ruido ensordecedor de las sirenas de las fábricas santiaguinas. Yo no tenía más de seis años y sólo sabía que este caballero era de "los buenos". Los diarios del día siguiente destacaban la imagen del líder, y a su lado, llevándolo del brazo, en medio de la multitud, la cara de mi padre con el entorchado uniforme gris de las milicias socialistas.

Ya adolescente, me interesé por este obeso personaje. Fue uno de los grandes oradores de la República, Ministro de Defensa bajo los gobiernos de Largo Caballero y Negrín, cayó en desgracia con los comunistas españoles. Al regreso de Chile, fue destituido, terminando su vida en México.

De desfile en desfile, asumí mi pertenencia al Partido Socialista como si se tratara de un atributo natural. Trajiné por los locales partidarios, acompañando a mi hacedor en el primer lustro de mi vida. Conocí a Allende en un ampliado partidario de una manera insólita. Nunca borré la escena. Mi padre era un hombre pulcro en su vestimenta. A fines de los '30, todavía usaba tongo -un sombrero de fieltro, duro y redondo de ala angosta- y polainas sobre los zapatos. Con frecuencia, incorporaba un bastón. Una mañana dominical, cuando ingresábamos al local del Partido, lejana pero clara, se oyó una voz que decía: "Miren, ahí llega Santiago antiguo". Allende lo señalaba con el índice, provocando la carcajada de los presentes. Mi padre, complacido, contestó con una ligera reverencia. En esa misma oportunidad, por primera vez, escuche una intervención del líder. Era muy niño como para sentirme impresionado.

La insistencia de mi progenitor en disfrutar mi compañía, aunque tenía motivaciones afectivas, era a la vez una formidable actividad de proselitismo. Tempranamente me manejé con una visión maniquea de la sociedad, donde los buenos y los malos estaban ordenadamente alineados. Ya a fines de la primera década de mi vida, había aprendido a detestar a los latifundistas, a los barones de la derecha chilena, pero por sobre todo al fascismo. Sabía de memoria el cancionero republicano de la guerra civil española y las consignas universales de la reforma agraria que habían exportado desde México Emiliano Zapata y Pancho Villa: "¡La tierra para el que la trabaja! ¡Ni tierra sin hombres, ni hombres sin tierra!". Mis héroes no emergieron de las historietas, sino del drama que había oscurecido a España. Eran Modesto, Líster, la Pasionaria y todos los caudillos de la República derrotada. Mis villanos también eran de carne y hueso. La lista  la encabezaba Franco. Jardiel Poncela, decía en alguno de sus libros: 'A los siete años sabía mucho más de socialismo que de futbol. Después descubrí que el futbol era mucho más inteligente que el socialismo". En lo que mí respecta, nunca supe mucho de futbol. Quizás por ello sigo siendo socialista. Aun ahora, en el otoño, me sigue pareciendo inteligente a pesar del bailongo a que se le ha sometido. Mi padre, de feroz militancia, fue desertando de a poco. Superada su afición por las fotografias, terminó, ya veterano, reservando sobre una muralla de su pieza de trabajo, espacio sólo para dos fotos: la mía y la de Augusto Pinochet.
Raúl Ampuero

A fines de 1947, con trece años tiernos, formalicé mi matrimonio con el Partido Socialista. Era la legitimación de un amancebamiento largo. Enrique Astudillo, un compañero del Liceo Barros Borgoño, que mantiene hasta hoy militancia obstinada, me invitó a los funerales de Mario Miño, un joven socialista, víctima en un "fraterno" encuentro callejero con militantes comunistas. Me sedujo una formidable pieza oratoria de Raúl Ampuero y, en los días siguientes, firmé la ficha.

Éste fue un acto de pertenencia, de enajenación, que cumplí a cabalidad durante buena parte de mi existencia. La noción bolchevique del Partido, instrumento necesario para cambiar radicalmente la sociedad, le daba al compromiso una consistencia casi religiosa. Y los jóvenes de entonces, que ya no somos los mismos, lo asumíamos colocándolo en la cima de la escala de valores. Era sólo entrega, no el do ut des de los tiempos que llegaron. Transitábamos la vida con el Partido a cuestas. En el liceo (primero el de Concepción, luego el Barros Borgoño en Santiago y más tarde el Eduardo de la Barra de Valparaíso) siempre "el núcleo" organizaba mi quehacer extracurricular: la Federación de Estudiantes, los congresos estudiantiles, la agitación callejera. En la universidad, la brigada, el debate, la actividad con los sindicatos y el quehacer al interior de la organización.

Hice un tránsito breve pero intenso por Valparaíso. Los dos últimos de la Enseñanza Media en el Liceo Eduardo de la Barra y el primer año universitario en el Curso de Derecho que mantenía la Universidad de Chile en el puerto. Siempre estudio y activismo: las asambleas, las huelgas estudiantiles y el primer amor. Los congresos de estudiantes "secundarios", nacionales y provinciales, en los que participaba con inocultable vocación subversiva, reproducían el alineamiento decimonónico de laicos y católicos. En tiempo de González Videla, y a pesar de la Ley de Defensa de la Democracia, los paros de trabajadores eran frecuentes y los estudiantes nos colgábamos con entusiasmo a falta de petitorios propios, que también los había.

De mi período porteño, guardo algunos recuerdos En una ocasión, debí trasladarme a Santiago -con mandato de la Federación de Estudiantes Secundarios- después de gestionar una entrevista con el Ministro de Educación. Desde Valparaíso agitamos una movilización nacional por un proyecto que ponía término a la jornada única en los establecimientos educacionales. Me atendió, subrogando al titular, Juan Bautista Rossetti, quien dirigía la fracción-colaboracionista" del socialismo chileno (dividido desde 1948) y que atraía por ello la animadversión de un pretencioso joven revolucionario. Rossetti, fue uno de los políticos más talentosos de la época. Activísimo, nervioso, un torbellino desbordante, tenía la desventaja de poseer una voz casi chillona. Cuando hablaba sus palabras se atropellaban por salir de su garganta, pero lo hacían con impecable respeto a la sintaxis. Fue un diputado brillante, a la vez que un hábil polemista. Era copropietario del diario "La Opinión", y su inmensa oficina era el escenario de una ininterrumpida y nocturna tertulia política. Mi padre, que colaboraba en el periódico en tareas que nunca pude precisar, narraba con deleite el inagotable anecdotario del padre de Carolina.

Allí estaba yo instalado, ante este torbellino de origen italiano, que atendía a dos manos sendas conversaciones telefónicas. Casi sin mirarme, hizo un ademán para indicarme que tomara asiento. Aproveche un momentáneo silencio para iniciar mi alegato. A poco andar, la escena se reinició y volví a guardar silencio. Don Juan Bautista se prodigaba con sus interlocutores lejanos, invitándome con un nervioso gesto a continuar. Me amurré y no dije una palabra. Insistió en escucharme y le contesté incómodo: "¡Cuando usted termine, Ministro!". Volvió a la carga'. "¡siga, siga, yo estoy escuchando todo lo que usted,
me dice! ¡Muy interesante... muy interesante! ¡Siga, siga, usted es muy inteligente!". El elogio debió quebrarme, pero me mantuve firme. Al fin, y sólo porque los teléfonos se aplacaron, logré desarrollar mi libreto. Por cierto  no lo impresioné.

Juan Bautista Rosetti
El mismo año, y también en "Pancho", participé por primera vez como, delegado de la F.J.S. en un congreso provincial del Partido. Era en la antesala de la división inminente detonada por los sectores que querían romper cabezas comunistas. Era un sector minoritario y sus expresiones prominentes eran Rosetti, Bernardo lbáñez y Agustín Alvarez Villablanca. Buscando ministerios, se embarcaron en la cruzada anticomunista que orquestaba con entusiasmo don Gabriel. Mi voto en modo alguno era importante, pero fue contabilizado por la gente de Rosetti. Éste nunca me tocó el tema, pero creo que le cursaron factura.

Inicié mi carrera en el Curso de Derecho que la Universidad de Chile mantenía en Valparaíso. Allí compartí inquietudes y la aspiración arrogante de cambiar la sociedad, con Alberto Jerez, Eugenio Ballesteros y Benjamín Prado, más tarde Senadores de la República, Lucho Guastavino, por largo tiempo vocero prominente y brillante del Partido Comunista, Antonio Tavolari, una figura carismática del socialismo porteño, cuya temprana ansiedad por llegar al Parlamento, fue frustrada por una pertinaz mala suerte. Finalmente, y ya con años a cuesta, terminaría por lograrlo. Compartí aula y afecto con Rubén Cabezas, el único socialista que en la época se declaraba "no marxista". Siempre fue un arquetipo de moderación, lo que no impidió que a los pocos días del golpe, enfrentara un pelotón de fusilamiento, sin saber por qué.

En 1951, me alejé de mi familia con el ánimo de construir "camino propio". Decidí, con destino incierto, trasladarme a Concepción sólo con "la escobilla de dientes y la muda de repuesto". Apenas lo había conversado con mi familia. Mi madre, una mujer de madera estoica, dio su consentimiento silencioso. Mi progenitor, severo y ofendido me previno que no debía contar con su ayuda. Le aseguré que mi movida era sin costos. Fue una buena decisión, por la que pagué alto precio, pero de la cual nunca me arrepentí.

Concepción

Los mejores años de mi vida los viví en Concepción. Aterricé en el hogar de mi tío, don Enrique Espinoza, un hombre sabio y bondadoso, con cuyo afecto me vi favorecido desde niño. Pero mi opción era por la independencia y abandoné la seguridad que me ofrecía. Fueron tiempos de estudiante pobre y a veces de mal comer. La pobreza no era siquiera un dato. Sí lo era la combinación del activismo político, el quehacer excitante de las asambleas universitarias, la confrontación dura con militantes de otras parroquias que no cerraba los espacios de la fraternidad, la bohemia y el amor. La vida ofrecía espacio hasta para el estudio. Es evidente que los días de antaño tenían más de 24 horas.

Lo de la bohemia no es una referencia ligera. La vida se desordenaba hasta altas horas de la noche en los pasajes aledaños a la Plaza de Armas. Se estudiaba a ritmo de tranco lento bajo las luminarias o al interior de las galerías comerciales. Se terminaba invariablemente en algún bar cercano, "conversando botellas de vinos que nunca serían exportables, pero al alcance de presupuestos esmirriados. Se bebía y hubo aficionados que hicieron historia. Imborrable el recuerdo de "Tocornal" Rodríguez, un estudiante de odontología cuyo apelativo, bien ganado, terminó por sepultar su nombre de pila. Nunca lo supe. La saga recogió el infundio de que "Tocornal" murió con delirium tremens en una mina del altiplano boliviano. Registro otros, con destino menos dramático. El grupo de curagüillas del que formé parte, orilló los peligros de la ingesta sin desbarrancarse. De su pertenencia, más no de los mostos, disfruté a concho.

Y había que procurarse sustento. Era un tema menor, pero tampoco desdeñable. Recibí y vendí boletos en el Club Hípico de Concepción. Controlé con una maquinita extraña el ingreso de público a los cines, e hice clases de lo que sabía y de lo que no sabía. En la campaña del '52, ya había adquirido destreza como activista político y orador en plazas y asambleas. El Partido Socialista Popular había adherido al "General de la Esperanza" y me había destacado como Secretario General del Frente de Juventudes Ibañistas en lo que hoy es la Región del Bío Bío. En 1953, bajo el Gobierno de Ibáñez, alguien me gestionó -una pega" como Inspector del Trabajo. El sueldo me pareció deslumbrante, y debe haberlo sido, porque me permitió abandonar mi arrastrada condición de “flaco". En los mismos días encontré asilo en el Hogar Universitario, donde por años compartí cómoda habitación y afecto con Sergio Elgueta, más tarde brillante diputado de la DC.

Asumí con devoción mis funciones como "fiscalizador". Con ánimo muy ligero, las inauguré en el Hogar Universitario. Me apersoné en la Dirección del establecimiento y solicité contratos y acreditivos del cumplimiento de la legislación laboral. La escena fue de película cómica. El Director, con el cual me encontraba diariamente en los pasillos, montó en cólera ante al mozalbete que pretendía controlar su gestión. "¿Cómo se atreve? ¿Qué se ha creído? ¿Quién es usted para...?". El hombre no paraba, mientras se le hinchaban las venas de sus sienes. Yo permanecía impasible, mientras, íntimamente, disfrutaba el encuentro. Casi con timidez le aclaré: "Señor, soy Inspector del Trabajo y estoy cumpliendo con mis funciones". Mi interlocutor se enfureció aún más, creyendo que le tomaba el pelo. Puse mi credencial sobre la mesa y le insistí calmadamente: "Estoy cumpliendo con mis obligaciones y si usted no me atiende deberé denunciar impedimento". Cogió el carné, se dio tiempo para examinarlo y algunos bufidos agonizantes y finalmente, ya calmado, capituló. Cursé un formulario con instrucciones y me retiré después de agradecerle su comprensión.

El incidente no pasó a mayores. Después de todo el Hogar pertenecía a la Universidad y más de alguien pudo percibir mi intromisión como una deslealtad al alma mater. De cualquier manera, creo que me procuré el aprecio de los trabajadores del recinto, particularmente los de la cocina que se afanaban por aumentar el contenido de mis platos.

La actividad y las luchas universitarias tenían algunas particularidades en Concepción. La ciudad universitaria encerraba físicamente un contingente humano, de camaradería ancha, que excedía las fronteras curriculares. Allí se hacía política, se amaba, y se estudiaba. Las asambleas universitarias eran multitudinarias y el hablar de corrido era requisito de aceptación. Eran exigentes y hasta crueles. Un error de sintaxis podía clausurar un potencial liderato y condenar a la víctima al silencio eterno. En la cotidianeidad de la vida universitaria, había una placidez romanticona. La confrontación de posiciones tenía signos lúdicos y de implícito fair play. Más tarde, mucho más tarde, con las verdades absolutas vendrían los puños y hasta las cadenas.

La Brigada Universitaria Socialista (BUS) era una leyenda que trascendía el “campus". Dominó la Federación de Estudiantes de Concepción, durante casi una década. En 1957, ya agotada, cedió espacios a la DC. El dominio era absoluto. Se hablaba de “La Brigada" y el vocativo tenía una tonalidad casi esotérica. Habíamos llevado nuestra arrogancia a sustituir la doméstica jefatura por un "presidium", y aprobar en los congresos de la Federación partes textuales del Programa del Partido, al cual se le arrancaban las páginas para transformarlas en propuestas.

Por las aulas de la Universidad y de la organización estudiantil pasaron figuras que dejaron huella duradera. Salomón Corbalán, Fernando Vargas, Galo Gómez, Hugo Zemelmann, Pablo Dobud, todos Presidentes de la FEUC, Gerardo Espinoza, penúltimo Ministro del Interior de Allende y Fernando Ilhe, -el maestro". Este último era un personaje fascinante. De vastísima cultura, seductora oratoria, solía caminar por los jardines de Ia universidad, seguido siempre por un grupo de discípulos que seguían ensimismados sus ideas, improvisadas sobre los  senderos del barrio universitario. Lo mató el estafilococo dorado, después de una pinche operación de apendicitis.

Salomón Corbalán
De mi paso por la Universidad, dos personajes permanecieron inalterables en el recuerdo. Salomón Corbalán, compadre, amigo y camarada, uno de los más talentosos dirigentes del socialismo chi
leno, hizo una carrera política vertiginosa, saltando desde la presidencia de la Federación de Estudiantes a la Cámara de Diputados, más tarde a la Secretaría General del Partido y finalmente, al Senado. Salomón era un Ingeniero Químico, de vasta cultura y una gran capacidad para incorporar a su discurso problemas complejos. Sus intervenciones eran escuchadas en el Senado con atención y respeto. Contribuyó más que cualquiera a despertar conciencia en torno a los viejos problemas de nuestra estructura agraria, dedicando buena parte de su breve vida política a crear una sólida red de organizaciones campesinas que serían, más tarde, un soporte significativo del triunfo de Allende. Predicó la liberación campesina y alentó la organización de los trabajadores agrícolas en todas las latitudes de Chile. Fue un agitador y un maestro. Le acompañé muchas veces en su quehacer casi clandestino por los fundos de Colchagua. Estuve en sus campañas electorales y compartí sus proyectos. Su existencia, llena de promesas, se malogró estúpida e inoportunamente en un accidente carretero. Padrino de una de mis hijas, su afecto y amistad marcó buena parte de mi vida joven. Siempre tuve la convicción de que, a no mediar aquel accidente, la historia del país se hubiera escrito de una manera diferente. En mi vida ha habido dolores profundos. Los inauguró la muerte de Salomón.
María Elena Carrera

La memoria de mi paso por la Universidad cobija también, a un joven peruano desterrado de su país y que gastó su talento perseguido en los ámbitos del socialismo chileno. David Tejada, es el único extranjero que ha encabezado una federación de estudiantes en Chile. En tiempos de González Videla, promovió una huelga estudiantil en defensa de los fondos de la Lotería de Concepción (vinculados al presupuesto universitario), que conmovió al país. Era un organizador nato, con una oratoria suave y cautivante, a veces secamente persuasiva. Cuando llegué a Lima en 1970, recompuse nostalgias con el "CholoTejada". Más tarde sería Ministro de Salud del gobierno de Alan García.

Tenyson Ferrada
Desde alguna de las aulas penquistas, emigraron a Santiago lo: hermanos Devauchelle, Orietta Escámez, Nelly Meruane, Tenyson Ferrada Jaime Suárez, Mana Elena Carrera esposa de Salomón, electa senadora en dos oportunidades y otros "muchachos de entonces" que destacaron en la vida pública, en la actividad artística y hasta en espacios empresariales. Con algunos de los emigrantes, me procuré oportunidad de apurar recuerdos gratos. No son muchos los sobrevivientes.





Luis Jerez Ramírez nació en Santiago en 1933. Estudió en Concepción y Valparaíso, y se licenció en Ciencias Jurídicas y Sociales en la Universidad de Concepción en 1956. En el gobierno de la Unidad Popular fue Gerente General de la Corfo, Director del Banco Central de Chile y Embajador en Perú, país donde lo sorprendió el 11 de septiembre de 1973. Holanda y la desaparecida Yugoslavia fueron los lugares donde vivió su exilio.






""En mayo de 1968 el PC rumano curso una invitación que el partido acogió con satisfacción. Nicolae Ceasescu se había hecho del poder en 1965 y había acentuado una línea de independencia respecto a la Unión Soviética, lo que era una buena razón para mirarlo con simpatía. A principios de Mayo viajamos rumbo a Bucarest con Jaime Suárez y Mario Olea, ambos miembros de la dirección. viaja la  primera delegación del Partido Socialista de Chile a Rumania compuesta por el Sub secretario General del Partido Jaime Suárez B. y el Secretario de Relaciones Internacionales Luis Jerez R.

lunes, 1 de abril de 2013

Recuerdos de juventud


Ariel  Ulloa
01 deAbril 2013

En una Jam Session durante festival de Jazz que organizamos desde la FEC,  Allí figuran de izquierda a derecha (de pie) Darío Pulgar, Héctor Troncoso, Toro, Claudio Sepúlveda, René Sáez, Jaime Santamaría, Ariel Ulloa, Jorge Quintana  Juan Saavedra, sentados JJ Schirwer y Silvia Muñoz.
He militado en el Partido largos 55 años. No se borran de mi mente y menos de mi corazón, los muchos avatares, alegrías y sinsabores, victorias y derrotas que durante toda una vida gocé y sufrí en el seno de una organización que ha llenado tantas páginas de la historia de Chile. Ciertamente que muchos acontecimientos de la vida partidaria me son ajenos, pero no desconocidos. No me son desconocidos  por la sencilla razón que hasta 1990 desde el núcleo hasta el Comité Central en todo momento y en particular los 19 de Abril, era  obligatorio recordar la historia e incluso los episodios turbulentos de la vida del Partido. Nadie estaba eximido  de recordar los sueños de la República Socialista de 1932, esa locura idealista de un grupo de civiles y militares que pretendieron asaltar el Palacio de Invierno a orillas del Mapocho. Los socialistas no teníamos derecho a olvidar a Marmaduque y Hugo Grove, Oscar Schnacke Vergara, Eugenio Matte, Ricardo Latcham, Arturo Bianchi, Luciano Kulcewsky, Eugenio González, Carlos Charlín, Oscar Parrau, Federico Klein, Manuel Mandujano, Astolfo Tapia, Eleodoro Domínguez, Enrique Mozo Merino, Juan Díaz Martínez. Tampoco a  los otros que habían emigrado desde el Partido Comunista de Chile Sección Chilena de la Tercera Internacional huyendo de las persecuciones al trotskismo, Natalio Berman, César Godoy Urrutia, Pablo López, Manuel Hidalgo y Ramón Sepúlveda Leal. Es decir, este partido también hizo suyo aquello  del asilo contra la opresión.  A partir de 1990 y con el retorno a la democracia “en la medida de lo posible”, la vida y las costumbres cambiaron. El partido quiso olvidar y ser otra cosa. La Marsellesa con el puño en alto ya no fue motivo de orgullo y desafío socialista sino más bien de “cosa del pasado” .Además incomodaba en especial a la inmigración de raigambre cristiana que nos invadió. Fue parte del precio que debimos pagar para sentarnos  a la mesa del Chile posible, la otra  fue la obligada claudicación de nuestros principios. Había que “mirar al futuro”.
                 
Bueno, pero en eso estamos. Muchos de mis viejos camaradas descontentos y con amargura infinita  han dejado el Partido otros  han pasado a engrosar la desperdigada y vasta legión de la disidencia.    Yo me inscribo entre estos últimos, pero en el lote de la disidencia activa. Pertenezco al grupo   de aquellos que pataleamos y moriré haciéndolo.  En esa línea es que he aceptado la petición de la Dirección y enfrenté la última elección como candidato a Concejal en Concepción y gané.

Mis viejos tíos, los profesores Haydee Azócar y Víctor Troncoso Muñoz, ambos normalistas y por supuesto fundadores del PS, fueron quienes inyectaron en mí  ideas que habían  cruzado el Atlántico huyendo de las persecuciones de los últimos monarcas europeos. Para ellos el primer embate ideológico provino de Bakunin padre de una de las tantas corrientes anarquistas. Se lo escuché muchas veces a mi tío Víctor con el antecedente de que también Allende había recibido esa influencia, aunque sin militar en ella. El zapatero porteño Demarchi había sido por años el mentor ideológico de Salvador. Por lo tanto su pecadillo anarquista no era importante, en todo caso era compartido. Ciertamente que fueron ellos quienes me introdujeron en las ideas que me llevarían a militar en la FJS un par de años después de aterrizar en la Universidad de Concepción para estudiar Medicina.

Mi origen netamente campesino y de familia radical, además de mi enseñanza básica salesiana, me orientaban hacia posiciones más bien conservadoras. Quizá si fue el espíritu rebelde de la juventud y la refriega entre el fascismo y la democracia -muchos de los curas de mi colegio valdiviano eran italianos pro fascistas- lo que me llevó a posiciones contestatarias. No de izquierdas, sino simplemente antifascistas. Luego vinieron los rumores de las victorias del Ejército Rojo, la epopeya de Stalingrado y con ellos el conocimiento de que había una cosa que alguien llamó la “Rusia Obrera y Campesina”.  Creo entonces que mis tíos Víctor y Haydee y la conflagración mundial que fue la Tercera Guerra,  me endilgaron en los trancos iniciales hacia las posiciones de izquierda.
                       
Fue así como aterricé en Concepción el mes de Marzo de 1957. Había sido aceptado entre los 70 alumnos que ese año ingresaríamos a la Facultad de Medicina. La mayoría de estos 60 muchachos y 10 muchachas, éramos de origen más bien modesto. Con mi maletita de mimbre, mis esperanzas y un gran temor a lo desconocido, toqué la puerta de la casa del Dr. Edgardo Enríquez Frodden en la Avenida  Roosevelt. Me abrió la puerta un muchacho delgado y de cabello muy negro, era Miguel. Luego apareció un señor alto y de aspecto severo en traje de oficial de marina, era don Edgardo. Curioso el asunto para muchos, pero no es así. Mi padre, radical de Lanco, conocía bien a su “correlija” Doña Inés Enríquez a quien había ayudado en su elección como diputada por Valdivia. Ella me entregó a la responsabilidad de su hermano quien, además se autonombró como mi apoderado. Era la usanza de los tiempos. De ahí en adelante tuve una  estrecha relación con don Edgardo- además profesor de la cátedra de Anatomía- que con los años devendría en amistad y que se prologaría hasta su fallecimiento. Mis compañeros de curso, en su mayoría gente de izquierda, contribuyeron a que el huasito sureño se sacudiera y soltara poco a poco sus alas. Entre los ya militantes de la FJS recuerdo a Carlitos Hinzpeter González, padre de quien fue Ministro del Interior de Piñera, quien llegó a ser el Jefe de la poderosa Brigada Universitaria Socialista y que abandonaría el Partido luego de la guerra de los seis días en la que el PS optó por la causa palestina y árabe, Osvaldo Presser tan activo y de gran formación ideológica, Gisela Schoenwald de entrega absoluta a la causa, y otros cuyos nombres no recuerdo. También estaba Edgardo Condeza quien no recuerdo haya militado pero que si era un hombre de izquierda por cuanto su padre tengo entendido militaba en el trotskismo. Varios jóvenes comunistas también convivían con los socialistas en este curso, entre ellos Julito Álvarez, el negro Salas, el Pato Rojas y Alberto Newman. Yo más bien me dedicaba al deporte y al estudio. Sin duda alguna que nuestros profesores en la escuela en los primeros años influyeron decididamente y entre ellos en particular nuestro Director el Dr. Rafael Darricarrere, el Champa Daboud, Rolando Merino, Jorge Peña Delgado y varios otros. Por esos años la Escuela de Medicina, bajo la batuta de Darricarrere y del Dr. Gustavo Molina de la Universidad de Chile, iniciaba un gran viraje. Se trataba de formar médicos para la realidad chilena. Es decir profesionales que comprendieran e hicieran suyos los profundos problemas que vivía la sociedad chilena. Poco a poco fui entendiendo las cosas que mis tíos socialistas me habían tratado de explicar. En el Tercer año mi vida cambiaría definitivamente. El joven campesino conservador del sur entró en otra etapa.

 Por aquellos tiempos los estudiantes contaban con representación formal en los Consejos de Facultad y en el Consejo Superior de la Universidad y en nuestro caso se elegía todos los años en Asamblea de estudiantes de la Escuela el Delegado Estudiantil ante la Facultad. En general se elegía para el cargo a algún alumno de cursos superiores, es decir de cuarto para arriba. Cuál no sería mi sorpresa cuando en la asamblea citada para el efecto el Presidente de nuestro Centro de Estudiantes, el “Loro” Rivera me propuso como candidato. Lo hizo de manera inconsulta y desconozco hasta hoy las razones que tuvo. Yo era un imberbe que a lo mejor era un buen estudiante pero nada más. Tanto fue mi susto que ni siquiera fui capaz de negarme. Estaba aterrorizado, pero mis compañeros de curso presentes me zamarrearon y animaron. Gané por lejos y fui de manera brusca propulsado nada menos que a la oficina del Decano el temible Prof. Dr. Ivar Hermansen Pereira. El hecho llamó la atención de mis compañeros y desde luego de los grupos políticos universitarios que eran tremendamente activos. Pronto comenzaron a conversar conmigo y de manera rápida aterricé en la Brigada Universitaria Socialista que era lejos la más chuchoquera con el “Potello “Tapia”, el “Cara de Gallo” Quintana y el “Chifilo” Rosales a la cabeza. Los tres grandes oradores y curaguillas empedernidos. Señores absolutos de la bohemia penquista. Grandes camaradas que jamás he olvidado.
                  
Mi gran amigo y camarada Luis Enríquez -Administrador Municipal cuando ejercí por seis años la Alcaldía de Concepción- y en aquel tiempo miembro de la directiva regional de la FJS fue quien me hizo la ficha de ingreso. Así me lo recuerda siempre. Ya ingresado a la familia comenzaría a escuchar las historias de sus grandezas y sus grandes batallas contra los “beatos” que así llamaban despectivamente a los jóvenes DC que desde hace años dominaban sin contrapeso en todas las federaciones universitarias de Chile. Por las aulas universitarias de Concepción pasaron grandes figuras del socialismo regional y nacional y que dejaron huella duradera. Salomón Corbalán gran senador y cuya muerte prematura nos llenó de congoja, Fernando Vargas, Galo Gomez, Hugo Zemelmann, Pablo Dobud, todos presidentes de la FEC hasta que nos arrasó la ola falangista en 1955, Gerardo Espinoza, diputado y Ministro del Interior de Allende, María Elena Carrera, Luis Jerez, Fernando Ilhe “el maestro”, Rafael Darricarrere, Rolando Merino Sanchez y muchos otros. Ellos eran los inspiradores de nuestra juventud militante.

Llegaron  luego las Escuelas de Cuadros. Necesarias  absolutamente en nuestra formación como “cuadros políticos”, título que nos llenaba de orgullo pero que era el escalón anterior al del “revolucionario profesional”, categoría leninista a la que solo la entrega total permitía llegar. Jamás aspiré a aquello y sólo recuerdo que un camarada de la BUS aparentemente llegó hasta ese altar revolucionario,  Luis Cruz. Cierta vez se me acercó y con aire de superioridad y misterio me hizo el anuncio, “dejo la universidad para entregarme a la revolución”. Nunca más le vi.  El Partido nos grabó a fuego en nuestros corazones juveniles su carácter de partido revolucionario, latinoamericanista, internacionalista y no alineado además de su condición de marxista.  En cuanto a las normas de vida interna había que respetar el carácter colectivo de la dirección política, la democracia interna y la capacidad de crítica y autocrítica de sus militantes. Así nos formamos y muchos nos mantenemos fieles a tales principios devenidos a menos producto de un  pragmatismo exagerado y las necesidades de un proceso de redemocratización del país que han llevado al partido al oportunismo más grosero. Todo esto sin necesidad, por cuanto para renovarse no era necesario renegar de nuestra historia, raíces y menos de nuestros sueños. La caída de los muros fue un pretexto por cuanto en este Partido nunca respetamos y menos levantamos o nos escondimos tras muros y menos dogmas. Siempre fuimos un partido sin vaticanos y resistimos con fuerza a los entrismos de todo tipo. Hoy las cosas son diferentes y ni siquiera defendemos con fuerza las ideas laicas y republicanas que inspiraron a Allende. Bueno, veremos que ocurre en el futuro.

En mis años de juventud ciertamente que hechos y procesos externos influyeron y mucho en nuestra condición de jóvenes revolucionarios. Era la época de la guerra fría y el enemigo principal era el imperialismo. La Revolución de Octubre nos llegó al corazón de nuestros sueños. Es claro, poco o nada conocíamos de los proceso de Moscú pero si sabíamos y admirábamos a los gloriosos combatientes del Ejército Rojo que dieron al traste con el nazismo y sus afanes de dominio mundial. Luego la Revolución Cubana y sus barbudos que desde la Sierra Maestra pusieron en jaque a las burguesías dominantes no solo en la Isla sino en toda América Latina. Junto a Miguel Enríquez, Bautista Van Schowen, el “bombita” Gutierrez, Taty Allende, Claudio Sepúlveda y otros militábamos en el núcleo Sierra Maestra y no podía ser de otra manera. Fidel y sus compañeros eran nuestro faro y brújula. Raúl Ampuero y Aniceto Rodríguez nos trajeron la influencia yugoeslava, árabe y tercermundista. Vivimos en su momento pendiente de la lucha de Liberación del pueblo argelino. Los nombres de Ahmed Ben Bella y Houari Boumediene pasaron a formar parte de nuestro acervo y también de nuestro encendido discurso en la asambleas universitaria. Hubo núcleos y Seccionales que tomaron su nombre. Allende y otros muchos nos hicieron mirar con atención la Revolución mexicana, Pancho Villa Y Emiliano Zapata eran tema obligado en nuestras publicaciones. Nosotros, jóvenes socialistas que soñábamos con alcanzar el cielo con la mano, nos inspirábamos en todos ellos. Luego vino el Che y su muerte heroica en el Camiri boliviano a quien muchos jóvenes socialistas, entre ellos Taty Allende, Arnoldo Camú, Elmo Catalán y otros-, siguieron en su lucha por la libertad de Bolivia. Algunos cayeron  en el intento de Teoponte.  Vendría el 68 francés con miles de jóvenes que en las calles de París rayaban muros con consignas curiosas pero inteligentes y profundas al fin, “seamos  realistas, exigimos lo imposible”. En estos 80 años es bueno que recordemos estas cosas. Es nuestra historia, pero también es la historia de muchos sueños hoy dejados de lado en nombre del orden y el realismo. Es precisamente por eso que la juventud  nos ha abandonado entregándose a las ideas vacías de un anarquismo sin sentido o, lo que es peor, al llamado “nihilismo”.

En Octubre de 1962 perdimos la elección de la FEC con Domingo Claps, lo sentimos mucho pero las derrotas frente a la JDC no eran novedad. Resulté elegido Secretario de Educación de aquella directiva y por lo tanto pasé a ser Delegado estudiantil al Honorable Consejo Superior de la Universidad. Llegaba así a las ligas mayores y asomaba la cabeza al liderazgo máximo estudiantil. Eran los tiempos en que el Partido activaba a las masas con su política de Frente de Trabajadores con Raúl Ampuero a la cabeza. La BUS había llegado a unos 200 militantes activos y vociferantes y no estaba mal en una Universidad de 3000 estudiantes. La política de Frente de Trabajadores restringía seriamente nuestra política de alianzas y nos impedía todo acercamiento hacia los jóvenes radicales afincados desde siempre en la Escuela de Derecho. Sus 250 votos eran vitales para ganar la presidencia estudiantil.  Miguel Enríquez y su grupo proveniente del Liceo Enrique Molina y con quien militábamos en el núcleo Sierra Maestra se había transformado poco a poco en el adalid de las políticas anti-radicales. El obstáculo entonces para ampliarnos no era menor.  Beatriz Allende y Jorge “bombita” Gutiérrez -verdadero ideólogo del futuro MIR- editaban la revista oficial de la BUS, Revolución. Con el tiempo la incidencia de las posiciones pro-chinas de Miguel y compañía ganarían un peso mayor en esa revista. Pedro Santander y sus compañeros de Medicina editaban por su parte la voz del equilibrio, Horizonte. Era un hecho que 1963 se presentaba promisorio desde el punto de vista electoral, pero había que acercarse a la juventud radical, de lo contrario no alcanzaba. Así se hizo. Sería mi futura polola Alejandra Tesser de la filas de la JJCC la que se ganaría el apoyo de los radicales y en particular de los leguleyos. Ella es hasta hoy mi esposa. Ganamos por 50 votos en la elección de Octubre y fue el éxtasis. Nunca olvidaré esos días, viajaron desde Santiago todos los principales dirigentes del Partido a conocer a los nuevos líderes juveniles que alzábamos el puño cerrado en una mar de jóvenes DC que campeaban en todas las federaciones estudiantiles. Recorrimos las calles de la ciudad encabezados por Allende, Ampuero, Oscar Núñez, Salomón Corbalán, Galo Gómez y tantos otros. Ya se vislumbraba la presidencial de 1964 y nuestra victoria ayudaba en la futura batalla de Allende.

Eran otros tiempos. Recuerdo que Raúl Ampuero decía “Este Partido tiene la rara particularidad de ser de todos y no ser de nadie”.  Desgraciadamente hoy constituimos un archipiélago de islas fraccionales con capos de lote a la cabeza. Hay que luchar para volver a ser lo que fuimos.